Salí del instituto, a las 14, como todos los malditos dias de esta rutina agobiante. Caminé en linea recta hacia el metro. No hay nada que ver, nada que me llame la atención, nadie a quien desee hablar.
El cielo de Barakaldo es gris, como sus aceras, como el aire que respiro. Me acerco a la boca del metro, que me engulle, y bajo por su garganta dentada.
Como siempre, introduzco mi targeta y espero en el anden.Miro mis libros para evitar mirar a los demás mientras ellos me miran a mi. No deseo compañía, aún no.
Subo al bagón y me siento. Miro el paisaje de los tuneles euskaldunes, y ahí, en el reflejo de la ventana, hay uno ojos verdes que me acechan.
Me giro y veo a un chico moreno, de ojos verdes, al fondo del vagon, mirandome de frente.
Enseguida aparto la mirada, no hay nada ahí que pueda interesarme.
Una y otra vez el chico sube la vista y la vuelve a bajar. Inquietante.
Vuelvo a fijarme en él, está pintando un boceto, me está pintando a mi.
Azorada, vuelvo a fijarme en el. Si, me está dibujando.
Me sonrie.
Llego a mi parada, San Inacio, y me bajo.
Justo cuando el vagon arranca me doy cuenta de que estoy harta de ser gris y estar sola, de que quiero correr y volver a coger ese vagon, y que me dibuje una vez más.
Ayer por la noche me acorde de ti, de todo que habíamos vivido juntos y te extrañe tanto que me dieron ganas de llorar.
Recordé lo que significaba vivir sola, tener dos trabajos y sacarte 2º de bachillerato por asignaturas.
Pensé en los amigos que deje atrás, en las personas que me trataron como si fuese de su familia, y también vi a las que intentaron hundirme.
Paseé por el Casco Viejo, cogí el metro, volví a estudiar en la biblioteca más confortable del mundo, y llegué a un piso en el que mis compañeros eran como mis hermanos.
Jugué a AD&D, atendí a borrachos que me gritaban pidiendo su bocadillo, robé en unos grandes almacenes, escribí cartas interminables a mis amigos de Vigo, y me gasté un pastón en teléfono para saber como le iba a mi familia.
Descubrí la tienda de comics más pequeña, cutre y mal abastecida del mundo.
También volví a mis momentos de soledad en los que me sentía afortunada por la vida que llevaba.
Después decidí que la aventura se había terminado y la hora de volver a Vigo estaba llegando. Y te abandoné.
Y aquí estoy, en el lugar donde realmente quiero vivir, pero sin olvidar jamás la ciudad que me vio renacer de mis cenizas, Bilbao.
